La segunda vuelta que se disputará el domingo en Perú entre la derechista Keiko Fujimori y el izquierdista Roberto Sánchez sobrepasa la clásica divergencia de ideologías. Es la consecuencia de cinco años de inestabilidad política y distanciamiento entre bloques históricos.

«Si bien la definición de las elecciones del 2021 y 2016 fue por un clivaje fujimorismo-antifujimorismo, derecha e izquierda, hoy existen otras consideraciones», apunta Milagros Campos, profesora de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). «Hay evidencias de una distribución geográfica de voto», añade a RT.

Lima, otrora capital del virreinato del Perú, es el centro del poder y feudo de la derecha, que ha perdido preponderancia en los últimos tiempos. Ahora, cinco años después de haber elegido a un presidente provinciano, la periferia cobra más relevancia.

«Claro que hay elementos de fujimorismo contra antifujimorismo. También hay una tensión étnica, social y territorial», estima Narda Carranza, politóloga y magíster en Gobierno y Políticas Públicas por la PUCP.

En zonas como Puno o Ayacucho decenas de manifestantes murieron en 2022 y 2023 mientras exigían la renuncia de la exvicepresidenta de Castillo, Dina Boluarte, quien permaneció casi tres años en el cargo sostenida por Fuerza Popular, el partido de Fujimori.

Un pasado pesado

En el único debate que los aspirantes sostuvieron, Sánchez ahondó en la herida. «¿Cuándo va a haber justicia a los asesinatos del sur que usted viene secundando con impunidad?», le preguntó a Fujimori.

«Una democracia se fortalece con un Estado presente, los derechos humanos no se defienden únicamente mirando al pasado para condenar las heridas que el país no debe repetir (…) estos derechos parten de un buen acceso al agua, a los servicios básicos y obras que nos permitan vivir con dignidad», respondió.

Pese a las pruebas que recaen sobre el accionar de las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional, los procesos judiciales avanzan lentamente. A la par, Fuerza Popular ha impulsado leyes que dificultan que haya efectivos condenados por violaciones a los derechos humanos.

Sobre Fujimori pesa además la sentencia contra su padre por delitos de lesa humanidad, un historial que no se olvida en Perú, al igual que los éxitos alcanzados a fines del siglo XX. Por eso la cuatro veces candidata ha abogado por «recuperar el orden».

«En un contexto de crisis acumuladas, la apelación a la autoridad, al orden y a las decisiones rápidas puede funcionar con ciertos sectores. Hay gente que está buscando a alguien que prometa resolver problemas concretos, especialmente inseguridad, la inestabilidad política y la economía», asegura Carranza.

Las encuestas lo avalan: la inseguridad es el principal problema en Perú, donde cada vez más se fijan en modelos punitivos como solución a los crímenes que se perpetran diariamente.

«El problema es que esa memoria también divide. Para algunos puede significar orden; para otros, autoritarismo y abuso de poder. Por eso, puede ayudar a Keiko con ciertos votantes, pero no elimina el rechazo en otros», aclara Carranza.

Un hastío acumulado

Mientras que hace una semana en Colombia los candidatos de la derecha e izquierda pasaron al balotaje con al menos un 40 % de los apoyos, en Perú lo hicieron con 17,192 % y 12,039 % para Fujimori y Sánchez, respectivamente.

«El Perú tiene partidos débiles y actores débiles. Prueba de ello son las bajas votaciones que obtienen quienes van a segunda vuelta. En ese sentido, es difícil ver actores políticos con peso propio», señala Campos.

No obstante, para ambos sigue siendo clave unos nombres propios. Si Fujimori tiene la gestión de su padre como aval, Sánchez ha recibido el respaldo de los grupos que votaron por Castillo.

Así como el exmandatario cajamarquino, a quien promete indultar si gana los comicios, ha lucido un sombrero campesino de ala ancha que no deja lugar a dudas.

«Hay un elemento de identificación social y territorial que importa mucho. Tanto Sánchez como Castillo conectan con sectores que se sienten fuera del poder limeño tradicional. Eso no siempre aparece bien medido en las encuestas, pero pesa en la política peruana», explica Carranza.

Los titubeantes

La experta avisa que los indecisos serán fundamentales para el resultado. «El miedo, la desconfianza o la esperanza de que alguno pueda ordenar algo. La pregunta no es por el candidato favorito, sino a quién rechazan menos en este momento», dice Carranza.

Se presume que serán unos sufragios ajustados, con un desenlace similar al de la primera vuelta, donde se proclamaron los resultados un mes después. «La clave estará en los indecisos. Es un grupo importante porque puede mover el resultado, y además está formado por personas para las que ninguno de los dos candidatos era su primera opción. Ahí hay mucha disconformidad y decepción con estas elecciones», declara.

«Las definiría como elecciones del agotamiento. No estamos ante un momento que se perciba como de renovación democrática, ni ante una elección que genere entusiasmo mayoritario (…). Tenemos un sistema político golpeado, cansado y con muy poca confianza», agrega.

La tensión incluso ha llevado a cuestionamientos al propio proceso electoral. «Una elección en la que mucha gente no está votando con entusiasmo, ni por un ‘outsider’ que represente una esperanza de cambio. Está votando pensando en el mal menor, con muy poca confianza», insiste Carranza.

Todo puede pasar el 7 de junio. Mientras la derecha abraza la cuarta candidatura de Fujimori, la izquierda en pleno y partes del centro han anunciado que sufragarán por Sánchez, en una nueva elección que divide a Lima de las provincias.

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